15 diciembre, 2010

Filosofías ancestrales

Cuando era niña mi abuela me sumergió en el gran conocimiento de los olores.
Su cocina era un museo interactivo de ellos. 
Con iluminación natural que penetraba por cualquier orificio de las paredes o del techo de lamina de cartón, la cocina de "Doña U" asemejaba un túnel con destellos de luz por doquier de encuentros maravillosos con cualquier cantidad de especias y olores.
Mi abuela no lo sabía, pero me hizo una experta catadora de olores de comida mexicana, al mismo tiempo que me especializaba en la no fácil disciplina de catar comida "a punto de echarse a perder" con tan solo olerla.
Si cierro los ojos aún puedo verla moler los ajos con la sal, agregar los chiles y los tomates asados al molcajete. Aún puedo oler su presencia, mezclada de ayocote con anís, maíz y manteca.


Sabia como era -a un grado de la adivinación- mi abuela era mi todo. Desde que empecé a tener memoria marco mi existencia. Mujer de lucha, siempre sonriente, s i e m p r e dándo un consejo, siempre ahí, hermosa. Mis ojos no pueden contener las lágrimas cuando la recuerdo.


¿Cómo no me van a gustar los tlacoyos y las marranitas, si con ella esos dos antojitos eran el platillo de la casa?


Mi abuela es -aunque haya muerto- un ejemplo de libertad a costa de sí misma y sus miedos. Mi abuela superó el miedo a la violencia física que ejercían contra de ella para plasmarlo en independencia y alegría.


Después de un día tan ajetreado, de tratar de que el mundo sea menos desgraciao, recordar a mi abuela me hace feliz, porque me vuelvo a recordar -ya que a veces se me olvida- que provengo de mujeres de lucha constante, soy de hueso ancho y piel morena, de trabajo y honestidad; aunque me sentiría mejor con un tlacoyo de ayocote con anís y una salsa de chile de árbol, un café legal; manjar suculento que con mi abuela comía y con el que el mundo afuera de su cocina no era más que un accidente.

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